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VERDAD, TIEMPO E HISTORIA.

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Al cerrar la última página de un libro que profundamente nos emociona, cualquiera, tras haberle arrancado hasta la última de sus palabras, tras haber apurado el último punto y aspirado con lentitud la última coma, comienza el regreso de un viaje que empezó con su palabra primera.
Leer es un éxodo mental a otra vida, a otro cuerpo de papel sin sangre, a una mente acogida a la merced de las ideas inventadas por un cerebro distinto al de la persona principal de la acción, el cerebro del autor. Y después de concluir la lectura, tras los breves instantes de reflexión sobre la resolución final que acontece, el desenlace o la moraleja, resulta inevitable haber vivido, por el tiempo que dura el pasaje, en otro tiempo no contemporáneo.
Se habla, en tertulias y círculos literarios, de la precisión de remontar una historia particular a un tiempo remoto y lejano, con el fin de otorgarle el poder de ganar un rico óxido con el pasar de los años; responder a las exigencias que marca la historia –como monstruosa disciplina-, dar facilidad al escritor durante su labor como narrador en cuanto a referencias costumbristas, escenarios, hechos.., con escasa posibilidad de equívoco, ante la gran cantidad de información de la que disponemos para adquirir documentación y el enorme equipo que trabaja como documentalistas.
Pero centrándonos en el autor como ente aislado, como fabulador único, el autor como firmante y creador de lo escrito, acaba hablando de sucesos que tienen más años que sí mismo, de antigüedades recónditas que, inclusive, han sobrepasado los umbrales de tiempos que han dejado a los pensadores e intelectuales trastornados en vida y conciencia. Y es aquí donde encuentro la más grandiosa conclusión de tan comentado debate; el escritor es un legítimo inventor de mentiras, y por tanto, o en el mejor de los casos, puede inducir a errores sobre la historia.
La pregunta es: Si en el arte de la arquitectura se legisla la intervención humana sobre el patrimonio con el fin de no engañar a quien intenta leer el lenguaje de sus piedras, ¿por qué la literatura es una herramienta para engañar al lector sobre otro hijo más del arte?
La nobel en literatura, Selma Lagerlöf, a principios del siglo pasado lo decía de una forma romántica y no menos contundente: "hay que tratar con cuidado las historias viejas; se parecen a rosas marchitas que se deshojan al menor contacto". Por seguir citando a los de otro tiempo, decía el filósofo francés, Claude-Adrien Helvetius, que “la historia es la novela de los hechos, y la novela es la historia de los sentimientos”.
De manera irremediable, ante la evidencia de la literatura, es un cruce de definiciones que encuentran en la inspiración un justo campo de batalla para que ambas partes acaben en tablas. A fin y al cabo, casi imposible resulta escribir en verbos conjugados en el porvenir.