AMOR VICTORIOSO

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Encuentro en la poesía un distintivo que no hallo en otros géneros del arte escrito, la misma marca que dejan en el oído las palabras de amor en el crepúsculo; el poder de repetirse, como el círculo monótono que recorre un gramófono analógico emitiendo una ópera barroca, sin hastío posible para el sujeto romántico que las recepta.
Sobre la mesita de noche descansa una antigua antología poética que compré en una librería madrileña. Dejo arrastrar sus hojas por las yemas de mis dedos después de hacer descansar sobre la estantería una copa de vino. Me detengo a conciencia, mientras apuro el sorbo dulce del caldo riojano, ante una conmemoración que la editorial cede al poeta Francisco de Quevedo, y poniendo una singular atención en su soneto titulado amor constante más allá de la muerte. El poeta, escribe:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso y lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a la ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.


Vuelvo a dar otro sorbo después de leer, y evoco una imagen que, aún pareciéndome que viola ciertas leyes de su tiempo, me inspira algo más que una tierna simpatía. Es una imagen de un cuadro, un cuadro en el que la luz cumple una hegemonía pictórica, una luz que se convierte en unidad mínima, gimiendo de dolor ante la victoria de un Tenebrismo amenazante. Pienso en el amor y recuerdo esa pintura pueril y atectónica, que delimita el eje de simetría con gigantes alas de gorrión, pasando sobre la voluntad de las músicas, de las ciencias y políticas, pretendiendo el parecido al amor terrenal, como una alegoría visible adornada con el pequeño atributo masculino de las edades infantes en primer plano y bajo el foco de una luz en diagonal que lo atraviesa.
Caravaggio entendió que el amor es un niño mimado, un niño que se complace de insolencias, un niño desvergonzado que se permite el destrozo de la puntualidad de las campanas, haciendo del tiempo una marcha inconstante que transita descontento por las horas. Pienso en el cuadro, y sonriendo recuerdo su sonrisa; la sonrisa pícara del triunfante, la sonrisa del que se sabe amor por encima de todo, la sonrisa de quien disfruta de un arco con el que tira flechas incandescentes, dejando su memoria allá donde ardan.
El poeta Gaspar Murtola, dedicó a su amigo pintor unas palabras: “No mires, no mires en estas telas a Amor pues te incendiará el corazón”.
Más allá de la muerte, el amor es ceniza, polvo de enamorado, el eslabón siguiente de la carne viva de lo que fue fuego en vida; como el poema barroco, como el niño mimado y como el sorbo lánguido y pausado de un buen vino.

9 comentarios:

Antonia Martínez dijo...

El amor es un niño malcriado, es cierto. En él abundan los caprichos, pero también la alegría. Aunque duela, el amor es necesario siempre.
Precioso.

María dijo...

Una vida sin amor, es una vida vacia y sin sentido.
Me ha encantado

curie dijo...

Antonia, el amor es un niño malcriado, y la capacidad de amar reside en la capacidad de malcriar.

María, bienvenida. Hasta el más remoto esfuerzo carece de sentido sin amor. Gracias.

Baruk dijo...

Hola curie, me encanta tu manera de filosofar sobre el amor. Los versos que has escogido de Quevedo suelen hacerme temblar cada vez que los oigo:

...serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado"

Gracias por visitar a mi ángel.

Un saludo

curie dijo...

Gracias a ti, baruk, por traernos los dibujos gruesos de tiempos monásticos y de feudo.
El polvo enamorado siempre estremece.
Escribe que yo te sigo.

Diego Jurado Lara dijo...

Tal vez el mejor soneto en lengua castellano. En cualquier caso un poema maravilloso sobre el amor.
Y algunos de mis temas más queridos, Caravaggio y sus puttos, su forma de oír la luz y plasmarla; el amor, y el vino.
Un texto maravilloso. Un placer leerlo.
Un saludo.

curie dijo...

Yo lo dejaría en "tal vez", porque la poesía en españa es como castilla, ancha. Sí, los niños en el renacimiento y barroco, sobre todo italiano. La luz que se extingue en los claroscuros del tenebrismo. Y del vino... qué puede decírse.
Gracias, diego, por estar aqui.

Esperanza dijo...

Qué impresionante la poesía de Quevedo... pero tiene razón: ¿no lo puede todo el amor? ¿no hace que la vida tenga un motivo? ¿no hace rico al pobre, y pobre al que no lo siente? y entonces, ¿por qué no habría de perdurar en el tiempo, más allá de la muerte?

Me gusta mucho cómo escribes, Curie, felicidades por este blog; transmites el disfrute de cada momento y haces que al leerlo, una pueda casi sentir el tacto de la página en la yema de los dedos, el sabor del vino... y tu visión del cuadro es todo un acierto.

Un abrazo,
Esperanza

curie dijo...

Esperanza, ambas nos preguntamos lo mismo. Qué difícil tarea la de amar y ser amado...
Vuelve cuando quieras, estás en tu casa.
Un fuerte abrazo.